La imaginación nos ha llevado a crear mundos inverosímiles que solo podemos concebir al observar nuestros propios límites naturales. Todo eso no sería posible sin una geología grande y abrumadora, que está presente en los antiguos estratos del Gran Cañón o en las cumbres de volcanes condenados a entrar en erupción. Se respira geología en los bloques erráticos transportados por glaciares desaparecidos, y en las profundas minas de carbón que hace millones de años fueron bosques del periodo Carbonífero. También la encontramos en las ondas sísmicas que viajan por el interior terrestre generando terremotos, o en los depósitos de metano atrapados en las profundidades oceánicas.
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Todos estos paisajes y formaciones comparten un hilo conductor: la geodinámica terrestre. Esta genera una vitalidad constante en nuestro planeta, que nos ha dotado de placas tectónicas divergentes y convergentes que crean continentes, y de corrientes marinas que favorecen un clima propicio para la aparición del género Homo. Todo eso es geología.
Antes de la geología
Por ese motivo, desde tiempos antiguos, los paisajes han cautivado la curiosidad de eruditos y pensadores. Por ejemplo, Ibn Sina —más conocido como Avicena— describió en su obra “El libro de la curación” la formación de las montañas como un proceso lento que requería una enorme cantidad de tiempo. Este es, precisamente, uno de los pilares fundamentales para entender la geología: el tiempo. O más bien, la arrogante cantidad de millones de años necesaria para que ocurran los procesos geológicos.
Para comprender esto, la humanidad ha tenido que navegar a ciegas por un mar de investigaciones que nos llevaron a entender que, para que se forme un río como el Amazonas o el Nilo, se necesita algo más que la intervención de un dios antiguo.
En 1650, el arzobispo James Ussher, mediante el análisis de genealogías bíblicas, determinó que la Tierra había sido creada el 22 de octubre del 4004 a. C. En aquel momento, la edad oficial de nuestro planeta se estableció en unos 6000 años, lo que significaba que —según el cristianismo— nuestro planeta había aparecido en lo que hoy conocemos como la Edad de Piedra. Poco después, Nicolás Steno sentó los principios fundamentales de la estratigrafía en el siglo XVII, convirtiéndose en el padre de la geología. Aunque su influencia se extendió en décadas posteriores.

Llega el uniformitarismo
Antes de las religiones monoteístas, diversas culturas entendían la Tierra como un panteón de dioses de naturaleza salvaje que encarnaban los procesos naturales en distintos momentos de la creación. La palabra “geología” comparte raíz con Gea, la diosa griega primigenia que engendró a Urano, el cielo, y estaba unida a Cronos, el tiempo. En términos científicos, hemos adoptado el nombre de esa diosa para denominar la ciencia que estudia el origen, la estructura y los procesos de la Tierra.

Aunque las fuerzas que modelan el paisaje han estado presentes desde los inicios de nuestro planeta, hace unos 4600 millones de años, no fue hasta el siglo XVII, durante el apogeo del Barroco y la Revolución Científica, cuando la geología comenzó a consolidarse como ciencia. En este contexto surgió un cambio de pensamiento, impulsado en parte por las explicaciones de la Iglesia, que recurrían al catastrofismo para justificar los grandes cambios geológicos mediante eventos divinos y repentinos, como el Diluvio Universal —un mito presente en varias religiones anteriores—, que habría causado una primera gran extinción bíblica, con Noé como preservador de la biodiversidad.
Uno de los personajes clave de esta época fue James Hutton. En 1795 publicó su “Teoría de la Tierra”, un libro que estableció las bases del uniformitarismo, concepto opuesto al catastrofismo bíblico. Hutton propuso que las mismas leyes físicas, químicas y biológicas que operan en el presente han actuado a lo largo del tiempo geológico. Esto significa que, para entender los procesos del pasado, debemos observar los que ocurren en el presente, ya que se repiten de manera cíclica, aunque no siempre predecibles.
What more can we require? Nothing but time
¿Qué más necesitamos? Solo tiempo
James Hutton

Finalmente, en 1907 se obtuvo la primera edad radiométrica de la Tierra, demostrando de manera empírica e irrefutable que la historia de nuestro planeta se mide en millones de años. Así, las leyes de esta ciencia llamada geología se han ido estableciendo y refinando hasta nuestros días.

La geología como ciencia
La geología se divide en dos áreas principales: la geología física y la geología histórica. La geología física estudia los materiales que componen la Tierra y analiza los procesos internos y externos que actúan sobre ellos. Por su parte, la geología histórica busca reconstruir el origen y la evolución del planeta a lo largo del tiempo, estableciendo una cronología en escalas de millones de años. Para ello, tiene en cuenta tanto los cambios físicos como los biológicos ocurridos en el pasado. Evidentemente, ambas disciplinas se complementan.

Comprender los cambios que han moldeado nuestro planeta no es tarea sencilla. Como hemos visto, algunos procesos pueden extenderse durante millones de años —como la formación de una cadena montañosa—, mientras que otros pueden desencadenarse en cuestión de horas, como un desprendimiento de rocas. Además, estos procesos pueden estudiarse en el campo a nivel macroscópico, mediante el uso de martillos y libretas de bocetos, o en el laboratorio, con la ayuda del microscopio, analizando la composición y textura de las rocas.
Como veremos más adelante, la gran cantidad de información que podemos extraer de nuestro planeta ha dado lugar a una multitud de ramas especializadas dentro de la geología.
Un planeta en constante movimiento
El planeta en el que vivimos se rige por una geodinámica fascinante, donde las conexiones geológicas y biológicas se entrelazan en un concierto universal. Las placas tectónicas crean y destruyen continentes, y las huellas de estos procesos han quedado grabadas en rocas de apariencia sencilla y anodina.
La Tierra cambia y seguirá cambiando. Formamos parte de ella, de sus recursos naturales, de sus riesgos geológicos, de sus energías y de sus minerales, que utilizamos para construir tecnología. Planificamos ciudades en terrenos inestables; sabemos que los volcanes son peligrosos y, sin embargo, sus suelos fértiles nos proveen de grandes riquezas. En los Pirineos, por ejemplo, encontramos grandes plutones graníticos que hace 300 millones de años fueron cámaras magmáticas que nunca llegaron a entrar en erupción.
Lo que yace bajo nuestros pies sigue siendo misterioso, pero ya no es tan desconocido. Ahora sabemos que la Tierra no es hueca, que no hay reptilianos al acecho ni Godzilla escondiendo a su familia. Sin embargo, aunque eliminemos toda la ciencia ficción y las explicaciones religiosas, nada resultará más extraño que la propia realidad, ni más sorprendente que hallar el origen de la vida en una simple roca.
Fuentes
Essentials of Geology. Frederick K. Lutgens and Edward J. Tarbuk. 2006
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